El 23 de septiembre se conmemora en Argentina el Día Nacional de los Derechos Políticos de la Mujer, una fecha que recuerda la promulgación de la Ley 13.010 en 1947. Aquella norma reconoció a las mujeres argentinas los mismos derechos políticos que a los varones: desde entonces podían votar, pero también ser elegidas para ocupar cargos políticos.
Fue una conquista enorme. Pero si empezamos a contar esta historia en 1947, nos perdemos una parte fundamental.
Porque mucho antes de que existiera la ley hubo mujeres que se organizaron, discutieron, escribieron, reclamaron, inventaron estrategias y se encontraron con otras para conseguir un derecho que hoy puede parecernos evidente.
En Antiprincesas del voto femenino, de Nadia Fink y Pitu Saá, elegimos recuperar justamente esa trama: no solamente el momento en que el derecho se convirtió en ley, sino también las redes que hicieron posible llegar hasta allí.
Julieta Lanteri: la mujer que votó antes del voto femenino
Para encontrar una de esas historias tenemos que viajar hasta 1911.
Julieta Lanteri era médica, feminista y una de las mujeres que venían reclamando derechos civiles y políticos a comienzos del siglo XX. Ese año encontró algo particular: las normas vigentes no establecían expresamente que una mujer no pudiera incorporarse al padrón municipal.

Lanteri recurrió a la Justicia, consiguió ser empadronada y el 26 de noviembre de 1911 votó en Buenos Aires. Se convirtió así en la primera mujer en ejercer el voto en el país, décadas antes de que ese derecho fuera reconocido nacionalmente a todas las mujeres.
¿La historia terminó ahí? Para nada.
Cuando las reglas cambiaron y la inscripción electoral quedó vinculada al servicio militar —reservado a los varones—, Lanteri intentó también sortear ese obstáculo. Después se presentó como candidata y siguió poniendo en discusión una pregunta que atravesaría las décadas siguientes: ¿por qué quienes formaban parte de la sociedad no podían participar también de sus decisiones? En Antiprincesas del voto femenino recuperamos esa insistencia y creatividad como parte de una historia mucho más grande.
Cuando no podían votar, organizaron sus propias elecciones
Y hay otra escena que nos encanta porque muestra que luchar por derechos también puede significar imaginar otras maneras de hacer las cosas.
En 1920, organizaciones feministas realizaron un simulacro de elecciones. Como las mujeres seguían excluidas del voto nacional, organizaron una experiencia electoral propia para visibilizar el reclamo por el sufragio.

No se trataba solamente de esperar que alguien decidiera reconocerles un derecho. También se trataba de ocupar el espacio público, hacer visible aquella exclusión y demostrar que las mujeres querían —y podían— participar de la vida política.
Los simulacros de voto fueron una de las distintas estrategias utilizadas por el movimiento por los derechos políticos de las mujeres antes de 1947.
Y quizás haya algo de esa historia que todavía pueda interpelarnos: cuando las reglas parecen inamovibles, las personas organizadas pueden encontrar maneras nuevas de cuestionarlas.
No hubo una sola protagonista
Cecilia Grierson, Alicia Moreau de Justo, Elvira Rawson, Julieta Lanteri, Carolina Muzzilli, Salvadora Medina Onrubia, Alfonsina Storni.
Algunas eran médicas. Otras, escritoras, periodistas, trabajadoras o militantes políticas. Algunas se reconocían feministas y otras no necesariamente utilizaban esa palabra para nombrarse. Participaban de espacios políticos diferentes y no pensaban igual sobre todo.
Pero sus caminos se cruzaron muchas veces alrededor de una demanda compartida: ampliar los derechos de las mujeres.
El libro Antiprincesas del voto femenino pone especialmente el foco en esas redes. Mujeres que crearon asociaciones, organizaron congresos, escribieron en diarios y revistas, hablaron con otras mujeres en fábricas y espacios de trabajo y llevaron una y otra vez sus reclamos a la discusión pública. Y junto con las que conocemos por nombre estuvieron también muchísimas otras mujeres anónimas que participaron de esas luchas.
La historia del voto femenino, entonces, no puede reducirse a una sola persona ni a un solo día.
¿Qué pasó el 23 de septiembre de 1947?
Después de décadas de reclamos y numerosos intentos legislativos, el Congreso sancionó la Ley 13.010 el 9 de septiembre de 1947. La norma fue promulgada ese mismo mes y quedó asociada históricamente al 23 de septiembre, fecha que hoy se conmemora como Día Nacional de los Derechos Políticos de la Mujer.
Su primer artículo estableció que las mujeres argentinas tendrían los mismos derechos políticos y las mismas obligaciones electorales que los varones argentinos. También dispuso la creación del padrón electoral femenino y la entrega de la libreta cívica necesaria para participar de las elecciones.

Eva Perón tuvo un papel fundamental en la campaña que acompañó la sanción de la ley y, junto con el movimiento de mujeres peronistas, participó luego del enorme trabajo necesario para que aquel derecho pudiera efectivamente ejercerse. A la vez, esa conquista recogía una demanda que distintos movimientos de mujeres venían impulsando desde hacía décadas.
Porque una cosa es que un derecho esté escrito en una ley y otra es conseguir que pueda hacerse realidad.
De la ley a las urnas
Las mujeres participaron por primera vez de una elección nacional bajo ese nuevo marco el 11 de noviembre de 1951.
Habían pasado cuatro años desde la sanción de la ley. En ese tiempo hubo que construir nuevos padrones y documentar a millones de mujeres. En aquellas elecciones votaron más de 3,8 millones de mujeres y también fueron elegidas las primeras legisladoras nacionales: 23 diputadas y 6 senadoras.
En el libro, esta parte de la historia permite conversar también sobre algo que muchas veces queda escondido detrás de las grandes fechas: los derechos necesitan condiciones concretas para poder ejercerse. Documentos, padrones, información, organización, personas acompañando a otras personas. Nada aparece por arte de magia.
Una ley tiene una fecha. Una conquista tiene muchas historias
Por eso cada 23 de septiembre podemos recordar la promulgación de la Ley 13.010, pero también mirar un poco más atrás.
Encontrarnos con Julieta buscando un resquicio en las reglas para poder votar. Con mujeres organizando elecciones aunque todavía no fueran reconocidas oficialmente. Con quienes escribían, debatían y llevaban sus ideas de un lugar a otro. Con las conocidas y con las que quedaron fuera de los libros de historia.
En Antiprincesas del voto femenino quisimos contar esa historia como una red que atraviesa generaciones. Una abuela se la cuenta a su nieta mientras se preparan para ir a votar y, de a poquito, aquello que parecía un gesto cotidiano empieza a llenarse de otras vidas, otros reclamos y otras preguntas.
Porque conocer nuestros derechos también es conocer a quienes los imaginaron cuando todavía no existían.
Y quizá sea una buena pregunta para seguir conversando con las infancias: ¿qué hacemos cuando algo nos parece injusto?



