Crónica de la presentación de “Tres Recreos, otros tiempos de la escuela” y “Conectar en tiempos de pantallas” en Fiske Menuco.
Por Maro Skliar
Por ejemplo, un libro se puede presentar aclarando que la ciudad se llama Fiske Menuco y no de otra manera, de tipo genocida. Tal vez, caminando las horas previas al borde de un gran río y dejándose acompañar por una garza blanca, minutos antes de comerse una tremenda hamburguesa de carrito con la editora a cargo de todo esto, Nadia Fink. No sin antes haber tomado café y café con docentes del IFD 12 (Vero y Majo), primero, y con Ruth Zurbriggen, después, quien se preocupó de que tengamos un auto para ir de la tierra de la garza blanca hasta Fiske. Es el auto de Aye, más precisamente, que aparte tiene un equipo de mate y una gran sonrisa.
Acto seguido, el libro se presenta pinchando una rueda en medio de las plantaciones de manzanas y peras, sobre la ruta más desfinanciada de la historia, en un punto largamente equidistante de toda gomería. Con ninguno de los dos libros (ni el de Nadia ni el mío) es posible aflojar los bulones de esa llanta que se ríe de nosotres.

Continúa la presentación visualizando el almacén de ramos generales de José Luis. Una postal fuera del tiempo, que incluye a su madre de 89 años barriendo el patio de tierra. José Luis es un “ángel de la guardia” porque, con una llave cruz y el caño de una hamaca paraguaya (sic), desarma todo mientras vende una docena de huevos y sonríe. Hay cambio de rueda.
Atardece y estamos más cerca de presentar el libro (los libros, porque nos retrasamos y hay que unir ambas presentaciones). Camino a Fiske, uno se pregunta si lo de la garza tan blanca y las manos llenas de grasa tan negra serán algún tipo de mensaje. No se lo pregunto a Valeria Resenite Alvarez porque está atareada dándole forma al encuentro que se llama Catalejo. Un catalejo puede usarse para remar, dice Vale con el gesto.

El libro se presenta a otra hora, junto con el de Nadia y Jesi, todo medio desordenado, en una ronda de docentes y algún niño, con el ingreso necesario de tostados y cervezas. Intuitivamente elegimos partes y las leemos. Atrás nuestro pasan músicos que arman sus equipos para la noche, porque esto es la Casa de la Cultura y la cultura es un montón de cosas mundanas. Pasa Julieta Laso, que va a cantar en un rato. Aye no solo tenía un equipo de mate y un auto rojo con los bulones muy apretados —que ella no sabía—, sino que además produce (o sea, abraza) el recital de Julieta Laso.

Toda esta forma de presentar sigue cuando Nadia dice que quiere leer la narrativa de “Tiempo de Elecciones” y que va a tratar de terminarla sin llorar. La lee de una manera bellísima y, para mí, que resulta que soy el autor, es como escucharla por primera vez. No logra el objetivo de no llorar, y Silvina Aranda, de Chirimbote Valle Medio, y yo nos plegamos al no cumplimiento y también lloramos. Otra asistente se suma de manera solidaria. Cuando Nadia termina de leer, atino a decir que esa seño del relato que elige contener a un niño hasta dejar en suspenso la elección sindical es bombera y se llama Sofía.
Se complementa todo esto con tratar de hacer una dedicatoria con lo poco que sé de cada cual, aunque algo sé, porque presentar un libro resulta que es conversar.

La continuidad de la cuestión, a modo de cierre, consta en escuchar a Julieta Laso y a su guitarrista hasta estremecerse. Avisarle —tarde, tarde— a José Luis que llegamos bien y que nada sería sin su manera pausada de resolver los temas de las ruedas pinchadas al atardecer.
Finalmente, comerse una de las mejores milanesas a la napolitana que uno jamás haya probado y mencionarle a esa cantora fenomenal que su hermano Juan José —mi compañero de la primaria— es la primera persona que yo vi abrazar un árbol.
Y así se hace la presentación de un libro.



