Hace 11 años se nos iba de este plano uno de los más lúcidos intérpretes de la historia y la identidad latinoamericana. Un tejedor de palabras con una sensibilidad única y una mirada profundamente humana, maestro del lenguaje breve, intenso y luminoso, artesano de relatos que mezclan belleza, denuncia y memoria colectiva.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano nos dejó infinidad de libros y textos que alumbran las voces de nuestros pueblos y cuentan pequeñas grandes historias.
Hoy elegimos recordarlo con su particular sensibilidad con las infancias plasmada en esta selección de relatos.
Y te invitamos también a conocer más de su vida y obra en “Eduardo Galeano para chicas y chicos”, un libro para que las infancias descubran que las palabras pueden ser justas, rebeldes y llenas de memoria.

Pájaros prohibidos
Por increíble que parezca, la principal cárcel de la dictadura militar uruguaya, se llamaba Libertad. Y por increíble que parezca, estaba prohibido en esa cárcel llamada Libertad, que los presos dibujaran o recibieran dibujos de mariposas, estrellas, parejas y pájaros.
Uno de los presos, Didaskó Pérez, maestro de escuela, preso por tener, como dijo el oficial que lo detuvo… preso por tener “ideas ideológicas”, recibió un domingo la visita de su hija Milay de cinco años. La hija le trajo un dibujo de pájaros. Como los pájaros estaban prohibidos, la censura se lo rompió; los censores rompieron el dibujo a la entrada de la cárcel.
Al domingo siguiente Milay trajo un dibujo de árboles. Como los árboles no estaban prohibidos, el dibujo pasó. El padre le elogió la obra y le preguntó por esos circulitos de colores que aparecían en las copas de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas:
-Esas frutas, esas frutas de colores que hay… ¿Qué son?, ¿Naranjas, limones, manzanas?
Y la niña lo hizo callar:
-Shhh, bobo.
Y en secreto le explicó: ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros, que te traje a escondidas.
El arte para las niñas
Mi buen amigo Onelio Jorge Cardoso, escritor cubano, hombre sabroso, escritor jugoso… Me contó lo que le ocurrió una vez, que una madre le pidió desesperada…”Auxilio”, porque la nena, la hija, chiquita, se negaba a comer. Tenía los puñitos cerrados, la boca cerradísima, la nariz fruncida.. y no comía y no había manera de que comiera.
Y entonces la madre le dijo: “Onelio, tu que eres escritor, un escritor tan simpático… a ver si consigues que la niña coma… cuéntale un cuento Onelio, sé bueno… llevo horas aquí con ésta cuchara y la sopa se enfría… y nada…”
Y Onelio con toda su sabiduría y su paciencia se acercó a la niña y le contó un cuento… al estilo de los cuentos que los adultos contamos a los niños… Había una vez una pajarita que no quería comer la comidita. Y la mamita le decía: Abre el piquito pajarita para comer la comidita porque sino te vas a quedar cortita y flaquita, en lugar de ser una pajarita bien crecidita… y entonces pajarita, por favor, abre el piquito para comer tu comidita…., pero la pajarita seguía con el piquito cerradito, cerradito y se negaba… Y ahí la niña interrumpió y dijo: “Qué pajarita de mierdita”.

La función del arte
Diego no conocía la mar. Y su padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al Sur, donde ella, la mar, escondida tras los altos medanos, los estaba esperando. Y cuando el padre y el hijo alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, la mar… estalló ante sus ojos. Y fue tanta su inmensidad y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, tartamudeando, le pidió, al padre le pidió: -Ayudame a mirar.
Duérmete mi niño
Los más famosos cuentos infantiles, la literatura para niños escrita por los adultos, son obras terroristas que bien merecen figurar en el arsenal de los adultos contra las huestes de la gente menuda. Hansel y Gretel te advierten: “Serás abandonado por tus padres”. Caperucita Roja te informa que cada desconocido puede ser un lobo que te comerá. La Cenicienta te obliga a desconfiar de las madrastras y de las hermanastras… y así sucesivamente… los niños siguen siendo desde temprano entrenados para el terror: “Vendrá el ogro, y el ogro te devorará si no obedeces, si haces lo que no debes, si ejercitas tu Libertad”.

Homenaje a la diversidad infantil
En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo, el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores a los dioses, ahora el mundo resplandece; y los colores del mundo arden en los ojos que los miran.
Mi amigo Ticio Escobar acompañó a un equipo de la televisión, que viajó al Chaco, desde muy lejos, para filmar escenas de la vida cotidiana de los ishir.
Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules.
El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña y entendía su lengua. Ella confesó:
-Yo quiero saber de qué color ve usted las cosas.
-Del mismo que tú –sonrió el director.
-¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?

Homenaje a la fantasía infantil
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco.
Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. Yo no podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.
Y súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras, me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más de un metro del suelo me mostró un reloj, dibujado con tinta negra en su muñeca:
-Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima –dijo.
-¿Y anda bien? –le pregunté.
-Atrasa un poco –reconoció.
Ilustraciones: Pitu Saá


