A raíz de la nueva ley española, compartimos extractos del libro “Conectar en tiempos de pantallas” publicado por la editorial Chirimbote. Una invitación a pensar la tecnología desde la ternura, los límites al mercado y la escucha activa.
Nota publicada originalmente en Página 12
El presidente de España, Pedro Sánchez, anunció que su país prohibirá el acceso a las redes sociales a menores de 16 años y adoptará otras medidas para aumentar el control de las plataformas digitales. Será el segundo país en hacerlo luego de Australia, mientras avanza en Francia una ley similar y en varios lugares se discuten propuestas legislativas que van en esa dirección.
A propósito de este debate urgente y necesario, desde Chirimbote te compartimos algunos extractos del epílogo de nuestro último libro “Conectar en tiempos de pantallas. Crianzas y consumos digitales en infancias y adolescencias”. El texto que cierra el libro está escrito por Santiago Morales, sociólogo especializado en infancias y adolescencias, y justamente se titula “Prohibir o no prohibir, esa es la cuestión”:
El ejemplo extremo de esto sería promover la prohibición general de las pantallas hasta los 16 o 18 años, dejando intactas (es decir, a nuestro libre arbitrio y sin reflexividad alguna) las maneras en las que desde el mundo adulto consumimos pantallas. Eso, además de completamente inútil, sería sumamente injusto. Pero, además, implicaría no reconocer que más que castigar con prohibiciones generales a las niñeces y adolescencias es necesario, probablemente urgente, ponerle límites al mercado de plataformas, adultocéntrico al extremo.
Es urgente regular por ley –y, por lo tanto, limitar– el funcionamiento de las plataformas digitales para que las niñeces y adolescencias puedan utilizarlas sin por eso ver vulnerados sus derechos. […] Es curioso que las propias reglas de muchas plataformas de redes sociales como TikTok, Facebook, Instagram, exigen tener al menos 13 años para registrarse. Sin embargo, en tanto los mecanismos de verificación de la edad son intencionalmente ineficaces, la abrumadora mayoría de las niñeces que usan redes sociales tienen cuentas propias, lo que implica que el algoritmo les ofrecerá contenido específico […] con el único propósito de captar su atención la mayor cantidad de horas posible.
Hay personas e instituciones que, oponiéndose al prohibicionismo, lo que ofrecen es una suerte de laissez faire. Dicen que hay que supervisar, lo cual puede sonar bien (obvio, siempre acompañar), pero esa mirada no apunta al problema de fondo y es asumida desde un lugar de control. En la crianza y en la educación en general, los permisivismos suelen ser, también, ineficaces e injustos.
Ya sabemos que el uso acrítico y solitario de estos dispositivos puede convertirse en consumo problemático-adicción, lo cual a su vez puede provocar daños neurológicos, cognitivos, emocionales, físicos y sociales. Pero, además, la virtualidad sin encuadre acerca a las niñeces y adolescencias al ciberacoso, al sexting sin consentimiento, a la pornografía de manera involuntaria, a la desinformación. E incluso, por la dinámica de los algoritmos de las redes sociales más consumidas, nos conduce a las personas a extremar nuestras opiniones, lo que nos produce desde sesgos de confirmación hasta odio a lo diferente.
La infancia en este momento está en disputa. Así, lejos de poder ejercer su ciudadanía, sin posibilidad siquiera de ejercer su condición de consumidores (considerando el brutal deterioro del poder adquisitivo de las mayorías), las niñeces y adolescencias están siendo el producto mismo que valoriza las acciones de estas empresas. Sus dueños y CEOs lo saben, no les importa y se disputan la atención y el tiempo de las niñeces frente a sus plataformas.
El libro “Conectar en tiempos de pantallas”, compilado por Nadia Fink y Jesi Farías, ofrece una conversación coral que nos invita a pensar cómo lo digital se cuela en la crianza, la educación, la subjetividad y la comunidad. Y va más allá, porque nos invita a ver cómo, a través del cuidado y la escucha, podemos reinventar esos vínculos. Su objetivo no es condenar el mundo digital, sino habitarlo con conciencia, con ternura y con la certeza de que eso es también cuidar la vida que compartimos.


